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jueves, 27 de febrero de 2025

Voces que no deberían silenciarse

Más de mil artistas británicos, entre los que se incluyen Dua Lipa y Kate Bush, han respaldado un disco para impedir que las empresas puedan entrenar sus modelos de inteligencia artificial con sus canciones. El disco en cuestión consta de 12 canciones que consisten en un completo silencio que, según alegan, es lo que nos espera si se permite que la inteligencia artificial entre en el mundo de la música.

En principio, puede parecer una idea buena y certera, dado que el mundo del arte siempre ha parecido el último reducto en el que la intervención humana era fundamental. Sin embargo, apenas se analiza un poco esta idea, empiezan a apreciarse costuras. A fin de cuentas, viene a ser como si los artesanos alfareros anteriores a la revolución industrial nos advirtieran de los peligros de la automatización industrial sacando al mercado cajas de cartón vacías, sin platos ni vasos en su interior, para avisarnos de lo que nos espera. Ejem, lo cierto es que tanto la revolución industrial como la inteligencia artificial lo que provocan es más bien lo contrario, una abundancia de productos, lo cual también puede generar problemas, pero desde luego lo que nos espera no es una época sin música.

Aún así, hay otra pregunta más importante que desmonta las bases de esta protesta. Si la música que crean es algo que necesita de la intervención humana, ¿por qué temen que pueda sustituirles las inteligencias artificiales? Ningún traductor se sintió amenazado cuando los motores de traducción automática traducían la frase rusa “El espíritu es fuerte, pero la carne es débil” como “El vodka es bueno, pero el filete está podrido”. Fue cuando los traductores empezamos a ver que las traducciones de las máquinas no diferían tanto de las humanas cuando empezamos a pensar que parte de nuestro trabajo empezaba a quedar obsoleto. Por tanto, el problema no es que en el futuro no haya música, sino que hay motivos para pensar que el papel de los artistas en la música está a punto de cambiar.

Otro problema que pasa por alto esta iniciativa es que, aunque la ley prohibiera a las empresas entrenar sus modelos de inteligencia artificial con su música, no habría inconveniente alguno en que las discográficas, que con frecuencia son las propietarias de los derechos de autor de la música, creen sus propios modelos de IA con esta música y los utilicen para aumentar al máximo sus beneficios. Los artistas perderían mucho poder si no fueran necesarios para crear la música que ahora escriben, bastaría con que la discográfica desarollara su propio modelo para producir tantos discos atributos al artista que prefirieran, a no ser que haya tenido mucho cuidado al redactar su contrato, algo que no suele ocurrir con los artistas noveles. Incluso podrían poner estos modelos a disposición del público, aunque por un precio muy superior a lo que ahora cuestan los modelos de generación de música por IA. Por supuesto, este servicio sin duda incluiría estrictas cláusulas para que la música no pudiera redistribuirse ni para ningún uso comercial.

Aunque tal vez en realidad la metáfora no vaya descaminada. Estamos en un momento en el que las decisiones que se tomen pueden silenciar muchas voces, aunque no son las de esos artistas con contratos millonarios, sino la de toda esa gente anónima que, por una vez, podría expresar sus inquietudes y sentimientos a través de la música, aunque no tengan formación musical ni haya una discográfica dispuesta a pagarles un ejército de compositores y productores. Basta repasar las listas de grandes éxitos para ver que la temática de la mayoría de estas canciones van del tópico tema “me has abandonado y no puedo superarlo/ya te he olvidado”. Tal vez sería una novedad que, en lugar de escuchar las tribulaciones sentimentales de Shakira o los problemas que le plantea la fama a The Weeknd o a Billie Eilish, uno pudiera escuchar canciones sobre los temas que le preocupan o lo que le interesa a la gente que rodea. Es por este posible silencio, de estas voces que hasta ahora nadie escuchaba, por las que es preferible que se permita que estos modelos se desarrollen y todos puedan disfrutar de ese nuevo mundo de posibilidades que es cierto que asusta un poco, como todo lo desconocido, pero que tiene un gran potencial de mejorar nuestras vidas.

PD: Si alguien piensa que estas herramientas no consiguen buenos resultados, le sugiero que escuche esta canción chill, este instrumental clásico o esta canción de baile, para que descubra cómo amplifican las posibilidades musicales, incluso de un simple traductor.

martes, 7 de enero de 2025

¿Es la comida la gran oportunidad que Amazon y Alexa se están perdiendo?

A mi madre nunca le gustó la tecnología y si no cambió su smartphone por un teléfono menos inteligente y más fácil de usar fue porque en el último momento se dio cuenta de que echaría de menos las fotos y vídeos que su hermana le enviaba por whatsapp. No se me ocurre mejor ejemplo de lo que es una «killer app», una aplicación que por si sola basta para que alguien decida comprar y usar un aparato. La mayoría de las tecnologías que han triunfado en los últimos años lo han hecho gracias a una o varias de estas killer apps. Por ejemplo, la popularización de los ordenadores domésticos se vio impulsada por la llegada del correo electrónico y la posibilidad de tener fotos, canciones y vídeos en el ordenador. Miles de potenciales compradores muy poco interesados en las suites de ofimática acabaron comprando un PC para su hogar con tal de poder utilizar Hotmail y Winamp en su ordenador. También tecnologías a las que le ha sucedido justamente lo contrario. Por ejemplo, las gafas de realidad virtual, a pesar de la excelencia técnica que se ha logrado, no han llegado a convertirse en un producto de consumo masivo porque no ha surgido ninguna aplicación que justifique su compra y su uso diario. Una killer app, para que pueda considerarse como tal, debe crear o solucionar una necesidad díficil de satisfacer de otra manera. Por ejemplo, el correo electrónico no tardó en sustituir al correo postal porque era mucho más rápido y barato, pero ha surgido nada parecido en la realidad que capte la atención del público de tal manera.

Los asistentes virtuales por altavoz, como el Alexa de Amazon, prometían revolucionar el hogar moderno, pero una vez que se desvanece la emoción de pedirle que ponga música, te informe del tiempo o añada cosas a una lista, lo cierto es que no sirve para nada que no se pueda hacer de manera incluso más cómoda con un smartphone. Por tanto, encaja a la perfección en la categoría de tecnología emergente que necesita urgentemente una killer app que la impulse y, a ser posible, que impulse los beneficios de otras divisiones de Amazon.

A pesar de las grandes cantidades de dinero que mueve, el sector de la alimentación es uno de los que menos ha cambiado con la llegada de las nuevas tecnologías. Por supuesto, es posible comprar en supermercados por internet y los establecimientos se han beneficiado internamente de un buen número de avances. Sin embargo, la experiencia de la mayoría de los consumidores sigue siendo la misma y continúan haciendo la compra físicamente. Hay varios buenos motivos para ello, como por ejemplo la naturaleza perecedera de muchos de estos productos y la urgencia con la que se necesitan, pero lo cierto es que la compra por internet no ofrece muchas ventajas, más allá de evitar un desplazamiento que en la mayoría de los casos es corto dada la ubicuidad de las tiendas de alimentación.

Si bien en el hiperconsumista occidente podría pensarse que la alimentación es un problema resuelto, lo cierto es que la mera disponibilidad de todos los alimentos imaginables no basta para que los ciudadanos occidentales se alimenten de manera saludable y con alimentos apetecibles. La elevada incidencia de problemas de obesidad y enfermedades cardiovasculares debidas a una mala alimentación, incluso en los países con un elevado poder de consumo, indican que hay algo que no acaba de ir bien. Y es que para alimentarse bien, no basta con tener dinero y poder comprar alimentos, es necesario también dedicarle un tiempo del que carece la acelerada sociedad actual, lo que ha hecho que se abuse de alimentos superprocesados de valor nutritivo y gastronómico cuestionable. En realidad, para comer bien bastan con tener las recetas adecuadas y los ingredientes necesarios en la cocina, pero la mayoría de la gente no encuentra el tiempo necesario para planificar los menús de la semana y hacer la compra pertinente, lo que dispara las decisiones de última hora.

Si sumamos todo esto, veremos que tenemos todos los ingredientes necesarios de un producto tecnológico de éxito: un sector millonario, una necesidad no atendida y una enorme cantidad de datos que podemos procesar para resolver el problema. Por supuesto, hay en abundancia tanto apps como webs dedicados a la comida, pero a fin de cuentas, no son más que recursos entre los que el usuario debe abrirse paso para encontrar lo que necesita.

Alexa podría resolver este problema de una manera novedosa y óptima. Es fácil imaginarse un futuro en el que con apenas cinco minutos de conversación con nuestro dispositivo no solo tenemos solucionadas todas las comidas de la semana, sino que la lista de la compra necesaria está en nuestro móvil y basta pulsar un botón para que nos la traigan a domicilicio y, además, sin tener que soportar complicadas o incómodas dietas, nuestra salud mejorará. Y si hay algún cambio en el plan, que lo habrá, bien porque no sigamos el plan establecido o sencillamente porque nos apetece algo diferente, se reprogramarán el resto de las comidas para dar prioridad a los alimentos que caducan antes y reducir al mínimo el desperdicio.

La clave está en que para lograr una solución así, el sistema debe conocer muy bien el usuario y sus hábitos alimenticios. A los usuarios no les suele tener que rellenar a diario formularios, por lo que Alexa ofrece un método para que el sistema aprenda las pautas del usuario. En esta primera fase, el sistema se limita a aprender lo que suele consumir el usuario y las características de su unidad familiar. Dado que inevitablemente habrá huecos, los patrones aprendidos de usuarios similares pueden servir para elaborar estimaciones y pedir al usuario únicamente que las valide. En la segunda fase, el sistema comienza a planificar los menús siguiendo las costumbres del usuario, que sigue alimentándose de la misma manera, pero agilizando la redacción de la lista de la compra y su adquisición. Una vez que el usuario está satisfecho con la replicación que el sistema hace de su alimentación, comienza la tercera fase, en la que el sistema comienza a proponer mejoras en la alimentación del usuario, según sus objetivos, como por ejemplo perder/ganar peso, prevenir enfermedades o dar prioridad a determinados principios éticos.

En la actualidad no hay ninguna solución similar que se pueda emular, lo cual hace el desarrollo más difícil. Sería necesaria la colaboración de un gran número de expertos en diversos campos, juntos con exhastivas pruebas con usuarios reales para llegar a crear algo que pueda considerarse como el «iTunes de la comida» y logre ordenar los hábitos alimenticios de los usuarios de la manera en que iTunes lo hizo con sus colecciones de música. Sin embargo, esta dificultad es precisamente lo que la convierte en una gran oportunidad. La primera empresa que logre que sus clientes se alimenten de manera más saludable, acorde a sus gustos y gastando menos dinero, se convertirá en el referente del sector y, por el círculo virtuoso que se puede conseguir (más usuarios, más datos, más calidad), será difícil de batir. Usuarios satisfechos y publicaciones que divulguen las bondades de esta oferta pueden ser la mejor publicidad y, si no basta, algo como «come a diario como si el mejor chef del mundo cocinara para ti», puede servir. Por su infraestructura de venta y asistentes virtuales, Amazon se encuentra en una posición óptima para liderar este sector y, si tenemos en cuenta los beneficios que Apple obtuvo con su tienda de música digital, los beneficios potenciales pueden llegar a dar miedo. En realidad, lo único que es extraño que todavía nadie esté trabajando en ello, pero lo bueno en tecnología es que, si hoy todavía no existe, podemos confiar en que mañana existirá.

sábado, 31 de marzo de 2018

AlphaGo: ¿un enfrentamiento entre hombre y máquina?

El documental AlphaGo se plantea como la habitual historia de éxito. Comenzamos conociendo al equipo de DeepMind, una empresa de inteligencia artifical de Google, para que luego se nos muestre muestre el reto al que se enfrentará y, a partir de ahí, el histórico torneo en el que participó contra el campeón del mundo de Go, un antiquísimo juego de mesa oriental, que se presenta de manera similar a cualquiera de los combates de boxeo de la saga de Rocky. El formato es ágil y ameno, aunque la emoción dependerá en parte de que sepamos el desenlace final. A este respecto, el documental hace un buen trabajo ya que no solo se centra en el resultado final, sino en el número exacto de victorias que consiguieron ser humano y máquina, algo que es más fácil que no sepamos.


Aparte de contarnos una historia entretenida, el verdadero interés de este documental radica en las reflexiones que se van entrelazando con el avance de la historia. Brillan en particular las aportaciones de Fan Hui, el campeón europeo de Go que fue el primer jugador profesional que se enfrentó al sistema creado por DeepMind. Sus primeras reacciones ante la máquina son las habituales: primero escepticismo y condescencencia con la máquina, a la que considera incapaz de ganarle, luego sorpresa al comprobar su capacidad y por último enfado y tristeza cuando el ordenador le derrota. Pero lo interesante, es que después de esta previsible cadena de emociones acontece un florecimiento, en el que se da cuenta de que la máquina puede a ayudarle a convertirse en un jugador mejor y se presta a colaborar para aumentar su poder.

La contradicción entre el deseo de que gane la máquina y el miedo a que lo haga flota sobre todo el documental. Incluso hay un momento en el que uno de sus creadores indica que la victoria de la máquina le produce cierta tristeza, porque demuestra que la especie humana ha quedado superada. Dado que probablemente se trate del mayor logro profesional de su vida, es interesante preguntarse si realmente lo siente o si se considera obligado, ya sea de manera consciente o inconsciente, o ponerse en parte en el bando de los humanos.

Estas reacciones son cada muy habituales cada vez que la inteligencia artificial se menciona en los medios. Por lo general, se tiende a desmerecer los méritos de las máquinas y parapetarse en los campos en los que todavía no nos han superado: no es tan maravilloso que un ordenador nos gane al ajedrez, se equivocan cuando hacen una traducción automática, nunca serán capaces de escribir una novela ni tener sentido común ni sentir aprecio por los demás... dicen con frecuencia supuestos especialistas que no son conscientes de que las últimas barreras ante la capacidad de los ordenadores van cayendo.

Ante estos avances tecnológicos que pueden ser revolucionarios, merece la pena mirar atrás y meditar sobre los efectos que han tenido sobre la raza humana progresos similares. Aunque el referente habitual es la revolución industrial del siglo XVIII, tal vez sea mejor retroceder aún más y remontarse a los tiempos de la invención de la escritura, cuando aún no existían los libros. Para los sabios de aquellos tiempo, tuvo que ser todo un agravio que los conocimientos que ellos con tanto cuidado atesoraban y transmitían oralmente quedaran plasmados en una forma física que los pusiera al alcance de cualquier que supiera leerlos. Alguien probablemente pensó que dejar por escrito tales conocimientos fomentaría la pereza mental del ser humano, que delegaría en los libros los conocimientos y no se preocuparía de fortalecer su intelecto.

Ahora que han pasado miles de año, sabemos con certeza que el resultado ha sido precisamente el contrario. Los libros nos han permitido vivir más tiempo, adaptarnos mejor al mundo y, literalmente, llegar a las estrellas. La inteligencia artificial nos ofrece ahora una manera de almacenar nuestros conocimientos, no de una manera estática sino activa y dinámica. No es que vayan a arrebatarnos nuestro sentido común, es que están comenzando a permitirnos fijarlo y ampliarlo, de una manera no tan distinta a cómo los libros ya nos permitieron hacerlo una vez.

Por qué el dinero ya no fabrica mitos

La ritualización como respuesta a la avalancha de contenido infinito.  Nunca se había invertido tanto dinero en producir contenido y...